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La “guetización” comienza en las aulas

La “guetización” comienza en las aulas
15/04/2019 -

Con la aparición del fenómeno de la emigración hace unos años, los centros educativos públicos de la ciudad de València se dieron de bruces con una situación a la que no sabían cómo hacer frente. Desgraciadamente, las instituciones, gobernadas en aquella época por el PP, no pudieron o no quisieron reaccionar: hubiera sido tan sencillo como mirar lo que llevaba décadas ocurriendo en ciudades como París o Londres para entender que había que actuar pronto y a todos los niveles si queríamos alcanzar la integración real de las personas migrantes. Cuando desde aquí veíamos los disturbios de París de 2005, nos alegrábamos de vivir en una sociedad integradora y no racista, el problema nos resultaba lejano y un poco incomprensible. Pero se trataba, simplemente, de que las grandes capitales europeas, que llevaban décadas conviviendo con la emigración de forma más masiva que en nuestro país, no implementaron en su momento medidas para evitar la “guetización”. De esta forma, se crearon grandes suburbios divididos por etnias, y centros educativos a los que sólo asisten estudiantes de la misma procedencia geográfica.

Cualquiera que haya trabajado con adolescentes sabe que el sentimiento de pertenencia a un grupo es el más fuerte que existe: el ser humano es gregario, el ser humano adolescente sólo se reconoce en grupo. Cuando llega un alumno o alumna migrante que no habla el idioma, rápidamente lo aprende y se integra para poder formar parte del grupo. La situación no puede ser más opuesta si, cuando un adolecente que no conoce el idioma del lugar al que llega (valenciano o castellano), se matricula en un centro en el que ya existen otros alumnos o alumnas que hablan su mismo idioma. Automáticamente se agrupan y auto marginan, ya no sienten ninguna necesidad de aprender el idioma de acogida porque tienen un grupo en el que referenciarse como adolescentes. Aquí comienza la segregación: sus problemas de comunicación les dificultan enormemente los estudios, los resultados de aprendizaje de las clases empeoran en consecuencia, los centros los acaban agrupando para evitar los problemas disciplinarios que se derivan de la incomunicación y el fracaso escolar. Al final, las madres y padres del alumnado que no presenta necesidades educativas especiales, lo saca del centro. El resultado: centros educativos completamente segregados, guetos por etnias e idiomas y dificultades graves de integración que llevan al descontento y la intolerancia.

El egoísmo debería forzarnos a actuar en contra de la segregación escolar. Hay que lograr que el alumnado con problemas de adaptación, del tipo que sea, se reparta entre todos los centros: públicos y concertados, y entre todos los barrios. Sólo una sociedad donde no existan guetos puede ser una sociedad en paz. No nos engañemos: el primer paso para luchar contra el deterioro en la convivencia de una ciudad pasa por evitar la aparición de los guetos. Las administraciones local y autonómica deben trabajar unidas para implementar las medidas necesarias, abordando el problema desde su raíz, antes de que la falta de integración derive en la marginación, la pobreza y el malestar social. Porque queremos ciudades integradoras y no divididas, donde los guetos no tengan cabida y alumnas y alumnos gocen de las mismas oportunidades.

María Gaviña Costero
Profesora y miembro del CCM Podem València

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