'Tomb Raider' de Roar Uthaug: Las chicas son guerreras

'Tomb Raider' de Roar Uthaug: Las chicas son guerreras

Partiendo de la estética del videojuego, ‘Tom Raider’ incorpora ahora un cambio de paradigma con recambio de protagonista. De la sofisticación, la espectacularidad y los atributos de una superheroína, gentileza del cuerpo tanto voluptuoso como sintético de Angelina Jolie, pasamos ahora a la chica sencilla con prestaciones más humanas, especialmente las virtudes atléticas. Esta renovada Lara Croft va a cargo ahora de una joven más terrenal, interpretada por la actriz sueca Alicia VikanderEx Machina (2015, Alex Garland) o La chica danesa (2015, Tom Hooper)–.

‘Tomb Raider’ desemboca así en una cierta aventura de regusto neoclásico, con acción de vieja escuela, al estilo revisionista del arqueólogo Indiana Jones, a través de un imaginario de islas remotas, mapas misteriosos y tumbas secretas. Una aventura que se nutre de un conflicto primordial, a la sombra de la figura de un padre desaparecido, presentando una Lara Croft como adolescente rebelde, con un trabajo precario, a pesar de pertenecer a la rica alcurnia de su padre millonario Croft (Dominique West). Una hija confrontada así a la urgencia de cerrar de una vez el capítulo de un padre dado por muerto desde hace años.

En este aliento de aventura más placentera y menos supeditada a los efectos digitales, se instituye el elemento fundamental de la carrerilla, la carrera, el combustible fósil del cine de aventuras y de acción. Tenemos una persecución en bicicleta en Londres, una carrera de obstáculos entre las barcas de pescadores de un puerto asiático o la participación en un juego de pistas, pasando pantallas, en las profundidades siniestras de una montaña de piedra donde se esconde la tumba que todo el mundo busca. Otro elemento nuclear es el vacío, con una Lara Croft colgada en abismos, siempre al umbral del precipicio, esquivando la caída. Sin olvidar otro disparo diferencial, el de experta lanzadora de flechas, como una genuina amazona guerrera.

Un pasatiempo tan distendido como discreto, sin ningún atractivo destacable, salvo una entretenida secuencia con Lara Croft en un enmohecido bombardero siniestrado encallado en una catarata. También un film que demuestra sus limitaciones, con una impotencia manifiesta, cuando intenta esbozar un componente melodramático a remolque de la dolorosa relación con un padre ausente. Al final, en palabras de la imprevista Lara saltarina, resta uno el eslogan característico que empuja al movimiento y a nuevos desafíos y retos aventureros, la frase “tengo trabajo que hacer”. Toda una declaración de principios que sigue la huella paterna, y lejos de la aburrida comodidad de un emporio familiar, asistimos al nacimiento de una nueva heroína nacida para correr.

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